La higuera es una de las especies más características del Mediterráneo: los afortunados pueblos que disfrutaban de ella, la veneraron gracias a sus deliciosos frutos y sus propiedades curativas demostradas. Éstas y otras cualidades la han convertido en uno de los árboles más útiles y ornamentales que podemos tener en nuestro jardín. Nos acercamos más a él para conocerlo y ofrecerle el homenaje que se merece.

El nombre científico es Ficus carica L.; esta denominación proviene del latín: Ficus, significa higuera; y Caria se refiere a la región de Asia Menor de donde procede. Pertenece a la familia de las Moráceas. Aunque es originaria del Suroeste Asiático, la encontramos asilvestrada en el sur de Europa, sobre todo, en lugares rocosos y cálidos de la zona mediterránea.

La higuera es un árbol con historia. Hace 4.500 años, los egipcios ya la recolectaban, como se observa en los jeroglíficos propios de esta antigua civilización encontrados en sus monumentos funerarios. En el Antiguo Testamento, podemos leer su nombre como referencia a uno de los árboles de la abundancia de la Tierra Prometida. También en este libro se cuenta que, cuando Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso, eligieron la hoja de la higuera para cubrirse.

Los romanos, por su parte, la empleaban en ceremonias religiosas dirigidas al dios Baco. En las festividades del año nuevo latino, los habitantes de Roma intercambiaban higos como regalo. Este fruto llegó a tener tanta importancia para el Imperio que fue una de las causas que dio lugar a la Tercera Guerra Púnica.

Cómo reconocer este árbol
La higuera común no posee un gran tamaño, suele alcanzar entre 2 y 8 metros de altura. Es más ancha que alta, ya que su copa sí llega a alcanzar un porte mayor, desproporcionado con respecto al del tronco. Éste muestra una corteza de color grisáceo y de textura lisa. Las ramas, que son prolongaciones del mismo, presentan un tono idéntico y tienen tendencia a curvarse por el peso de las hojas y de los frutos.

De todos es conocida la característica forma que presentan las hojas perennes de higuera: palmeadas con un largo pecíolo. Si tocamos una, podremos comprobar su aspereza y su rugosidad. El color verde claro de la parte inferior contrasta con una tonalidad más fuerte en la cara superior. De esta parte de la planta obtendremos una sustancia blanquecina denominada látex.

A diferencia de la mayoría de los árboles, no desarrolla una única raíz principal, sino que son varias las que nacen del tronco. Aunque a primera vista podamos pensar que son fuertes y resistentes, en realidad nos encontramos ante un elemento bastante frágil. La higuera florece entre la primavera y el otoño, sin embargo se trata de flores invisibles, de color amarillo, que encontraremos dentro del receptáculo que se convertirá en higo.